La educación de nuestros hijos se ha convertido en un desafío. El estímulo externo es cada vez más fuerte. De una generación de padres autoritarios, se ha devenido en una de padres permisivos y temerosos de las reacciones de sus hijos.
El mal rendimiento escolar ha sido un factor desencadenante de enfrentamientos, discusiones, frustraciones, reclamos de parte de padres que sufren lo que podríamos dar en llamar “síndrome de impotencia” al no poder sostener medidas disciplinarias que conlleven un sentido de autoridad que emane de la seguridad y fortaleza paterna y finalmente de los límites.
Por el contrario, el “éxito” que puede demostrarse con un trabajo cumplido, con una lección bien aprendida y finalmente con la nota máxima, no significa simplemente que el alumno esté satisfecho con lo que ha hecho y que sea eso un pasaporte a una carrera universitaria de excelencia.
Lo verdaderamente sustancial, es la actitud que el niño o adolescente disponga para enfrentar los retos que inevitablemente se le presentarán durante toda la vida. Y específicamente hablamos de actitud y no de aptitud. El éxito personal no es un imaginario estado de gracia, exento de conflictos, decepciones o frustración.
Qué pasa cuando nos dicen en la escuela, o en el colegio, que nuestro hijo no progresa, que tiene que mejorar?. Pues lo primero es abandonar la creencia de que un mal estudiante es alguien que no sirve para nada. Una autoestima positiva se crea a partir de un estímulo adecuado, no hay lugar para la descalificación.
Si las cosas no van bien, no es necesariamente culpa del alumno, y padres y profesores debemos empezar a convencernos de que un mal estudiante no es un mal niño.
Nuestro objetivo como educadores no es tanto el obligarle a que cumpla con unos criterios educativos, como conseguir que el niño o el adolescente se encuentre integrado en una actividad que le permita desarrollarse en forma completa. Que pueda hallar el éxito personal aprendiendo a convertir los sentimientos negativos en positivos y las experiencias dolorosas en lecciones aprendidas.
Por ello, cuando un alumno no va tan bien como quisiéramos o como cabría esperar, es esencial que nos tranquilicemos. Que traigamos a la memoria nuestras propias vivencias cuando niños, que las compartamos con nuestros hijos, lo que les dará a ellos la sorpresa de que también hemos trabajado y hemos tenido errores, que nos hemos superado con esfuerzo. Ellos tendrán una visión muy reparadora de nuestra dimensión como seres humanos además de ser sus padres.
Debemos hablar con el profesor y hacer una valoración de lo que le ocurre a nuestro hijo, para descubrir cuáles pueden ser las causas de las dificultades y actuar en consecuencia.
En determinadas ocasiones, se debe realizar un psicodiagnóstico para descartar problemas orgánicos, vacíos académicos o dispedagogías anteriores, conceptos que el alumno no ha podido asimilar durante el proceso educativo y que arrastra durante la escolaridad, hasta que se produce el quiebre y no avanza. Tomando en consideración las falencias de toda índole que el estudiante pudiere presentar, lo verdaderamente importante, es sembrar en ellos nuestra confianza, nuestra aprobación y algo fundamental además del amor, el respeto hacia él y su circunstancia.
